En este post recorreremos, desde la neurociencia y la psicología, una necesidad tan universal como personal: sentir que importamos. ¿Me acompañas"
Las investigaciones sobre rechazo y exclusión muestran que estas experiencias involucran sistemas cerebrales relacionados también con la dimensión afectiva del dolor físico (Eisenberger, 2012). Esto no significa que una herida física y un rechazo sean equivalentes, pero sí que ayuda a entender por qué ciertas experiencias sociales pueden llegar a doler tanto.
Sentirnos ignorados, excluidos o irrelevantes activa una señala de alarma que dirige nuestra atención hacia una posible pérdida de vínculo. El problema comienza cuando esa señal deja de ayudarnos a interpretar una situación concreta y empieza a gobernar nuestra forma de relacionarnos. Necesitar conexión es humano, necesitar comprobar constantemente que seguimos importando es otra cosa que puede resultar poco saludable.
¿De donde surgen estas diferencias? Sin duda, de nuestra personalidad, nuestras experiencias y, en especial, de nuestra historia relacional. La teoría del apego de Bowlby ayuda a comprender cómo las primeras experiencias de cuidado contribuyen a formar expectativas sobre nosotros mismos y de los demás: aprendemos hasta qué punto podemos confiar, sentirnos seguros y esperar que nuestras necesidades sean atendidas.
Por eso, una misma situación puede adquirir significados muy distintos. Así, un mensaje que tarda en llegar puede ser irrelevante para alguien y sentirse como rechazo para otra persona; una crítica puede vivirse como información útil o como una amenaza al vínculo.
La realidad es que no reaccionamos solo a lo que ocurre, sino también desde la historia con la que hemos aprendido a interpretarlo. Comprender esto nos permite mirar con más claridad tanto a los demás como a nosotros mismos.
El reconocimiento externo puede generar bienestar, pero difícilmente sostiene por sí solo una sensación estable de valor. Sentir que importamos también implica algo más profundo: percibir que nuestra vida tiene significado y que nuestras acciones dejan algún impacto más allá de nosotros mismos.
Desde la psicología positiva, Seligman (2011) sitúa las relaciones y el significado entre los pilares del bienestar.
Cuidar, crear, enseñar, acompañar, aprender, construir o contribuir puede aportar una sensación de sentido que ninguna cantidad de aprobación externa puede sustituir. A veces dejamos de preguntarnos cuánto importamos cuando empezamos a vivir de acuerdo con aquello que realmente nos importa.
Escuchar sin preparar la respuesta, preguntar en lugar de asumir, reconocer un esfuerzo o validar una emoción comunica algo esencial: te veo, se que estás ahí.
Tenemos que ser conscientes de que la empatía no consiste en sentir lo mismo ni en dar siempre la razón, sino que se trata de salir momentáneamente de nuestra perspectiva para comprender la del otro (Singer & Lamm, 2009). Y, quizá ahí reside una de las mayores dificultades de las relaciones: solemos ofrecer lo que nosotros necesitamos recibir, que no es necesariamente lo que el otro necesita.
Querer bien exige curiosidad: observar, preguntar y escuchar.
El riesgo aparece cuando confundimos visibilidad con importancia. Ser visto por muchos no significa sentirse conocido por alguien, al mismo tiempo que recibir atención no equivale a tener conexión, ni acumular aprobación garantizar pertenencia.
Quizá por eso cien señales de reconocimiento pueden pesar menos que una sola ausencia. Nuestro cerebro no evolucionó para contabilizar estadísticas sociales, sino para construir vínculos reales y auténticos.
Habrá personas que no sepan vernos, vínculos que terminen y momentos en los que no recibamos la respuesta que esperábamos. Por eso, nuestro valor no puede depender por completo de la mirada ajena. También se construye desde dentro: en lo que cuidamos, en lo que aportamos, en las decisiones que tomamos y en la coherencia entre cómo vivimos y quiénes queremos ser.
Tal vez nunca se trató de conseguir que todo el mundo nos vea, sino de encontrar vínculos donde podamos ser vistos de verdad, aprender a reconocernos también nosotros y hacer lo mismo con quienes nos rodean.
Ser humano no consiste solo en querer se visto, sino también en aprender a mirar. Y pocas cosas nos recuerdan tanto que importamos como descubrir que también podemos hacer sentir importante a alguien.
- Bowlby, J. (1988). A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human Development. Basic Books.
- Eisenberger, N. I. (2012). The pain of social disconnection: Examining the shared neural underpinnings of physical and social pain. Nature Reviews Neuroscience, 13, 421–434.
- Seligman, M. E. P. (2011). Flourish: A Visionary New Understanding of Happiness and Well-being. Free Press.
- Singer, T., & Lamm, C. (2009). The social neuroscience of empathy. Annals of the New York Academy of Sciences, 1156, 81–96.